PELEAS ENTRE HERMANOS

“Un hermano es un amigo dado por la naturaleza”

Jean Baptiste Legouve

Los padres soñamos con la relación ideal entre hermanos, que se discutan y peleen lo justo, pero que al final jueguen juntos, sean buenos amigos siempre, se apoyen y crezcan como un equipo.

Aunque sean como el agua y el aceite, o sean como uña y carne, el vínculo de hermanos debe basarse en al amor incondicional y en el apoyo mutuo.

Los padres y los hermanos forman parte del “campo de práctica” de habilidades fundamentales en la vida como la resolución de conflictos. De aquí viene la importancia de acompañar las peleas entre hermanos, de intervenir lo necesario, de permitir lo justo, de lidiar lo ineludible y sobre todo de crecer juntos en familia. Algo así como aprender de la tormenta y salir reforzados de una pelea.

Dependiendo de la edad de los niños, hablamos de peleas más simples o complejas, algunas cortas y otras que duran más, de peleas con agresiones físicas o de ofensas y daño emocional. En todos los casos, en cualquier pelea debemos partir de la premisa que “para pelear se necesitan dos” y esos dos son hijos por igual. Así que observa, apoya, redirige y enseña sin tomar partido.

Antes de intervenir piensa en estas preguntas sobre cuál es tu verdadera intención:

¿Interrumpir la pelea? ¿Averiguar por el culpable, castigarle? ¿conseguir a como dé lugar que se disculpen? ¿Proponer o encontrar juntos soluciones? ¿Aprender de la situación? ¿Buscar la calma de todos y la armonía en el hogar? ¿reforzar el vínculo fraternal?

Si tenemos claro cuál es el objetivo -estar todos felices- haremos lo correcto.

Llamar a la calma es importante

Acabar con la pelea, no es la prioridad, aunque llamar a la calma si es importante. Por eso lo primero que puedes hacer es invitar a la calma sin violencia. Un grito “calmate ya” no es lo mismo que una mirada tranquilizadora con unos brazos dispuestos a contener.

Una cara de enfado cierra la puerta, en cambio, un gesto de plena atención, la abren para disponernos todos a calmarnos e intentar (sólo intentar) solucionar el detonante de la pelea.

Invita al dialogo dispuesto a escuchar más que a hablar. Cuando los niños, y los adultos estamos en estado reactivo a causa de una pelea, nuestro cerebro emocional (región límbica del cerebro) está activado y se encuentra desconectado de nuestro cerebro racional (región de la corteza prefrontal) por lo que entrar en razón en un momento acalorado no es solo inútil, sino también contraproducente, pues es meter ruido o llegar a molestar aún más.

Una vez conseguimos ese estado de tranquilidad, que puede ser muy rápido, bien sea porque transmitimos esa calma y por ser terriblemente contagiosa hemos conseguido ayudar a calmar a nuestros hijos, o porque ya tienen la capacidad de parar y poder conectar con su parte que piensa y siente más allá de lo meramente reactivo.

Sin embargo, hay ocasiones en que puede demorarse y es de sabios poder esperar y dar el espacio para que nuestros hijos consigan calmarse.

Consolar bajo cualquier circunstancia tanto a victima como culpable, si es que lo hay.

Has ido el refrán de “al caído caerle” pues bien, como padres debemos evitar hacerlo. Así el comportamiento de nuestros hijos sea incorrecto, no debemos lastimar más. Pensemos que ambos están “heridos” puede que uno necesite más ayuda que el otro, pero debes estar disponible para ambos.

Por ejemplo, si uno pega al otro, consuela al que recibió el golpe e intenta contener al que ha golpeado. Ambos pueden necesitar un abrazo, o un gesto que les transmita tranquilidad.

En muchas ocasiones hay uno que detona la pelea sin intensión y también puede ser el caso que se sale de casillas y comete un error que lo hace sentir culpable. En ambas situaciones pueden necesitar del consuelo y apoyo del adulto. Mas adelante puedes propiciar un aprendizaje sobre lo ocurrido.

Ayudar siempre que lo requieran, así tu estés enfadado.

Después de una guerra, sólo queda arreglar los daños y solucionar los perjuicios ocasionados. Igual pasa en una pelea entre hermanos. Ayuda a encontrar soluciones e incluso ayuda a solucionarlos.

Por ejemplo, ayuda a organizar y recoger el desorden, en vez de dar la orden “organizan inmediatamente el desastre que han hecho”, de esta manera les demuestras que tu apoyo es incondicional.

Sin llegar a agobiar, puedes formular preguntas para encontrar soluciones, por ejemplo “¿qué se les ocurre que podemos decir para disculparnos?”. Evita convertir la palabra “perdón” en un comodín de fácil uso y poca implicación sentimental.

Es entendible que como padre estés enojado y puedes sentirte alterado frente a la pelea de tus hijos, pero entre más calmado estés para ayudar, mejor ejemplo les estarás dando. Mucha paciencia y mucho control, esto se trata de ser consientes.

Reforzar los lazos es la prioridad.

El vínculo entre los hermanos y entre estos y los padres, es lo más importante, por eso la necesidad del adulto de llamar a la calma después de la pelea, contener y acompañar para reparar y luego redireccionar y enseñar.

Lo que pretendemos es aprender y dar lecciones de vida. Por esto las peleas pueden convertirse en oportunidades para reforzar las habilidades como la reconciliación, la resolución de conflictos, la empatía, la generosidad, el autocontrol, la paciencia, la tolerancia, entre muchas más.

La relación entre hermanos puede ser mejor en la medida que desarrollan todas estas habilidades y en la medida en que las peleas se solucionen adecuadamente, siempre reforzando el amor incondicional entre la familia. Recordemos que se trata de evitar las peleas, no de evadir los conflictos.

Sin juzgar, sin obligar, sin sermonear ni castigar.

Ponte en el lugar de tus dos hijos, valida sus emociones y corrige sus malas conductas. Evita que se sientan juzgados por sus actos, en cambio ayúdalo a que lleguen a la conclusión de cuales fueron los errores que ellos mismos cometieron. (ten en cuenta la etapa del desarrollo y la capacidad de ambos).

Obligar a alguien a hacer algo, no es educativo y mucho menos respetuoso, por eso no obligues a disculparse, a recoger, etc. A cambio invita con mucho amor a reparar, puedes servir de modelo, contar anécdotas, dar explicaciones muy muy cortas sobre el perdón, la reconciliación o la empatía, por ejemplo.

Si lo que buscamos es reflexionar y aprender es mejor acompañar y conectar, antes que dar cantaleta y llenar con palabras.

Por último, los castigos, bajo ninguna circunstancia, forman parte de un proyecto educativo. Castigar, en el sentido más conductual implica quitar un estímulo placentero, es decir un beneficio, como quitar su juguete favorito, o dar un estímulo desagradable, como gritar o pegar (aunque esto es impensable).

No te preocupes en buscar un “buen castigo” para tus hijos, procura que comprendan las consecuencias lógicas y reales de sus actos. En este caso tendrán un aprendizaje significativo. Por ejemplo, si están peleando por un programa de televisión, dales la oportunidad que encuentren solución (ceder, tomar turnos, etc.) y si no lo consiguen pues la consecuencia es que se apaga el televisor. Es incoherente que, por esta pelea, les prohíbas, por ejemplo, comer postre, o no los llevas a la fiesta de cumpleaños. No tiene nada que ver lo uno con lo otro.

Para concluir, recuerda ponerte en sus zapatos, piensa en los lazos familiares, en tu relación con tus hermanos, si los tienes y a ser conscientes de nuestro rol como padres amorosos e incondicionales y no como enjuiciadores ni castigadores.

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